Nunca pude entender esa estrecha relación que por momentos pareciera existir entre los viajes y las drogas. Los que me conocen lo saben bien: soy una perfecta ignorante en la materia. Pero si el saber popular dicta que lo que se obtiene con cualquier estupefaciente es una vía de escape, ¿qué necesidad puede haber de huir de la realidad, cuando al viajar uno cambia constantemente de escenarios, y se aleja del vivir cotidiano? ¿Para qué drogarse si lo que nos rodea supera cualquier ficción, si cada día es diferente? Por eso, la primera vez que alguien sugirió que al ir al Amazonas deberíamos tener una experiencia con ayahuasca, lo rechacé mentalmente con la misma convicción con que cientos de veces he desechado ofertas callejeras, de esas que llegan al oído en voz baja y entre las sombras.
Pero a medida que nos adentrábamos en el terreno, la presencia mítica de esta planta iba tomando cada vez más fuerza, y todos los testimonios sonaban increíblemente tentadores. Si bien varios coincidían en alguna diarrea o vómito limpiador, todos concluían en la capacidad reveladora de las visiones, en la franqueza de la planta y en la paz posterior. Empecé entonces a cuestionarme el poder de mis miedos y a objetar la palabra “droga” y sus estigmas. Al fin y al cabo el Migral al que tanto venero cada vez que mi cabeza decide inmolarse no es más que una droga comercial, mientras que en este caso estamos hablando de una planta, que además ya es considerada Patrimonio Cultural del Perú por el Instituto Nacional de Cultura de ese país. Decidí entonces investigar un poco más, y me encontré con que además de ser una entrada al mundo espiritual de muchas culturas amazónicas, las experiencias con ayahuasca son también utilizadas como medicina por muchos psiquiatras occidentales, especialmente para tratar fobias o traumas. Claro que la información en la web abunda y todo debe tomarse con cautela, pero me calmó no encontrar ningún reporte de muerte causada por la planta, ni de síntomas de adicción ni de efectos adversos. Por el contrario, no eran sino halagos los que emergían de cualquier crítica o artículo.
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