En los gimnasios, una preocupación silenciosa está creciendo entre jóvenes: la vigorexia, también conocida como dismorfia muscular. Este trastorno se caracteriza por una obsesión compulsiva con ganar masa muscular y alcanzar un cuerpo ideal, hasta el punto de que estas preocupaciones dominan la vida diaria.
Quienes padecen vigorexia suelen dedicar entre tres y ocho horas al día al entrenamiento, con rutinas extenuantes de levantamiento de pesas que superan los límites saludables. Además, adoptan hábitos alimentarios poco equilibrados, eliminando grupos de alimentos y priorizando dietas altas en proteínas y suplementos. En casos extremos, recurren a sustancias como esteroides, hormonas o insulina sin supervisión médica, elevando el riesgo de complicaciones físicas graves.
En el plano psicológico, la vigorexia provoca insatisfacción persistente con la propia imagen, ansiedad y frustración constantes, conductas compulsivas como mirarse al espejo de manera obsesiva o evitarlo, y una percepción distorsionada del cuerpo que hace que la persona se sienta siempre insuficientemente musculosa o débil.
Expertos advierten que esta condición va más allá de un simple interés por el fitness: se trata de un problema serio que afecta la salud física y emocional de miles de jóvenes, y que requiere atención de la sociedad, entrenadores y profesionales de la salud para su detección y prevención temprana.
