“Vivía para trabajar… hasta que entendí todo lo que estaba perdiendo”

Imagen generada por_ ChatGPT (2026).

Fuente original: https://www.bicaalu.com/confesiones-de-un-workaholic/
“Vivía para trabajar… hasta que entendí todo lo que estaba perdiendo”
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“Soy Miguel Ángel y fui un adicto al trabajo”. Con esa frase inicia el relato de un hombre que durante años creyó que el sacrificio absoluto por una empresa era el camino correcto para alcanzar estabilidad y reconocimiento profesional.

Recién egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, Miguel enfrentó un panorama laboral complicado. Saber que miles de jóvenes competían por los mismos puestos le generó un miedo constante a quedarse sin empleo. Cuando finalmente consiguió trabajo, aunque era demandante y mal pagado, sintió que debía demostrar todos los días que merecía permanecer ahí.

Comenzó extendiendo sus jornadas laborales hasta catorce horas diarias. Evitaba rechazar cualquier tarea y siempre estaba disponible para atender llamadas, incluso durante noches, fines de semana y vacaciones. Su jefe tenía acceso permanente a él, y Miguel interpretaba cada interrupción fuera del horario laboral como una oportunidad para demostrar compromiso y eficiencia.


Con el tiempo, el trabajo dejó de ser una parte de su vida para convertirse en el centro absoluto de ella. Desayunaba, comía y cenaba en la oficina, dormía pocas horas y sacrificaba reuniones familiares, descanso y momentos personales con tal de cumplir pendientes que parecían interminables. Mientras más agotado se sentía, más se convencía de que debía esforzarse, porque afuera había miles de personas dispuestas a ocupar su lugar.

El reconocimiento de sus superiores reforzó esa conducta. Ser identificado como “el empleado modelo” lo hacía sentir indispensable. Miguel llegó a creer que poner la empresa por encima de sí mismo era motivo de orgullo y éxito profesional. Sin darse cuenta, comenzó a normalizar el estrés constante, la ansiedad y el desgaste físico y emocional.

Sin embargo, después de doce años entregándolo todo, un día salió de aquella oficina y descubrió una verdad dolorosa: la empresa continuó funcionando exactamente igual. Otro empleado ocupó su lugar, otro comenzó a enviar reportes de madrugada y otro repitió el mismo ciclo de agotamiento que él había vivido durante años.


Fue entonces cuando empezó a notar todo lo que había perdido. Comprendió que había dejado pasar momentos irrepetibles con su familia, que apenas conocía la rutina de su hijo y que durante mucho tiempo olvidó cómo disfrutar actividades simples fuera del trabajo. También entendió que la productividad disminuye cuando el cuerpo y la mente están agotados, y que las jornadas excesivas deterioran tanto la salud física como emocional.


Miguel reconoce que sufrió síntomas típicos de la adicción al trabajo: ansiedad constante, incapacidad para desconectarse, agotamiento crónico y aislamiento social. Además, comprendió que el workaholism puede disfrazarse de responsabilidad y compromiso, haciendo que muchas personas no detecten el daño que se están causando hasta que las consecuencias son evidentes.

Hoy intenta mantener un equilibrio distinto. Aprendió a valorar el tiempo con su familia, a respetar sus horarios de descanso y a recordar que ningún empleo vale más que la salud y la vida personal. Ahora, cada vez que siente la necesidad de seguir trabajando más allá de lo necesario, se detiene un momento para recordar una lección que cambió su manera de vivir:

“Más allá del trabajo hay otro mundo, y en ese sí no hay quien me reemplace”.