Crecí en una familia acomodada en Madrid, siendo la menor y la más consentida de cuatro hermanos. Nunca me faltó nada: buenos colegios, caprichos cubiertos al instante y una vida cómoda. Con el tiempo entendí que esa falta de límites y mi poca tolerancia a la frustración moldearon una personalidad inmadura, acostumbrada a satisfacer deseos de inmediato.
Aunque siempre tuve señales de impulsividad, mi adicción comenzó realmente a los 40 años, en medio de una profunda crisis de identidad. Me sentía vacía, sola y desconectada de todo lo que antes daba sentido a mi vida: mi familia, mi trabajo, mi pareja y mis aficiones. En vez de enfrentar ese vacío, encontré en las compras una vía de escape. Lo que empezó como algo puntual se transformó en una necesidad constante.
Primero fueron los centros comerciales; después, el mundo online. Descubrí que comprar por Internet era aún más fácil: nadie me veía, nadie me juzgaba. Podía pasar horas llenando carritos virtuales, sintiendo una emoción momentánea que desaparecía casi de inmediato. Mi pasión por la decoración del hogar empeoró las cosas, ya que los artículos implicaban gastos mayores. El anonimato digital fue el combustible perfecto para mi conducta compulsiva.
El punto más doloroso llegó cuando vendí mi anillo de bodas para comprar un cabecero iluminado que, irónicamente, sigue sin estrenar. Mi garaje se llenó de cajas cerradas; acumulé objetos innecesarios mientras mis deudas crecían. Regalé móviles sin abrir y oculté compras por vergüenza. Durante cuatro años negué el problema, creyendo que todo se solucionaría con fuerza de voluntad. Pero cada intento fallido aumentaba mi culpa, mi aislamiento y el enojo conmigo misma.
Perdí la confianza de familiares que ya no sabían qué versión de mí encontrarían: la responsable o la mentirosa que ocultaba gastos. Comprendí demasiado tarde que no era un simple “capricho”, sino una conducta compulsiva que estaba destruyendo mis valores y relaciones. Hoy sé que la fuerza de voluntad no basta cuando existe una adicción; reconocerlo fue el primer paso para buscar ayuda y comenzar a reconstruir mi vida.
