Paola relata cómo desde su infancia experimentaba sentimientos de incomprensión, inseguridad y dificultad para relacionarse con los demás. A lo largo de su crecimiento, estas emociones se intensificaron, generándole frustración, tristeza y aislamiento. Durante la adolescencia, la falta de autoestima, los conflictos familiares y el miedo al rechazo la llevaron a buscar refugio fuera de casa, rodeándose de amistades y ambientes que la alejaban cada vez más de su bienestar.
Aunque en un principio no tenía interés en beber, su primer contacto con el alcohol ocurrió por presión social. A pesar de una mala experiencia inicial, con el tiempo comenzó a consumirlo con mayor frecuencia, utilizándolo como una herramienta para sentirse más segura, sociable y capaz. Sin embargo, lo que parecía una solución momentánea se convirtió en una necesidad constante, ya que solo bajo sus efectos lograba escapar de su sensación de vacío y soledad.
Su consumo fue escalando hasta volverse incontrolable, llevándola a situaciones de riesgo, pérdida de dignidad y conductas autodestructivas. Las consecuencias no tardaron en aparecer: deterioro de su salud, ruptura con su familia, pérdida de empleo y aislamiento total. Aun así, intentó diferentes alternativas para mejorar su situación, pero ninguna logró detener su manera de beber.
El punto de quiebre llegó cuando el miedo a sí misma y a su forma de vivir la hizo buscar ayuda de manera más profunda. Fue entonces cuando encontró apoyo en Alcohólicos Anónimos, donde por primera vez se sintió comprendida e identificada con otras personas que vivían situaciones similares. A través de este proceso, comenzó a reconstruir su vida, recuperar su autoestima y encontrar un sentido diferente a su existencia.
Hoy, Paola vive sobria, ha retomado su camino personal y profesional, y valora la estabilidad que ha logrado sin el alcohol. Su testimonio refleja que, aunque el proceso de recuperación no es fácil, es posible salir de la adicción y construir una vida plena, un día a la vez.
