Miguel cuenta que desde muy pequeño sufrió comentarios y burlas constantes por su peso, situación que poco a poco dañó su autoestima y la forma en la que veía su cuerpo. Durante años sintió que debía cambiar físicamente para ser aceptado por los demás y evitar las críticas que recibía diariamente.
“Se metían conmigo diciéndome que estaba muy gordo, que no le gustaría a nadie”, recuerda. Las experiencias negativas en la escuela, especialmente durante las clases de Educación Física, hicieron que comenzara a sentirse incómodo con su cuerpo y a aislarse socialmente. Incluso algunos entrenadores realizaban comentarios que aumentaban su inseguridad y ansiedad.
La llegada de la pandemia y el confinamiento marcaron un antes y un después en su vida. Miguel vio ese momento como una oportunidad para transformar su apariencia física lejos de la mirada de otras personas. Comenzó entrenando desde casa con rutinas de cardio, ejercicios HIIT y levantamiento de pesas. Al principio, el ejercicio le ayudó a sentirse mejor consigo mismo y a mejorar sus hábitos. Sin embargo, con el paso del tiempo, la necesidad de obtener resultados rápidos y alcanzar un cuerpo “perfecto” se volvió una obsesión. Entrenaba durante largas horas y sentía culpa o frustración cuando no cumplía con sus rutinas.
“Pensé que era mi momento para cambiar”, relata Miguel. Pero lo que comenzó como una meta de salud terminó desarrollándose en vigorexia, un trastorno relacionado con la obsesión por la musculatura y la imagen corporal. Más adelante, esa presión extrema también desencadenó una anorexia nerviosa.
El joven explica que uno de los aspectos más difíciles era la relación con la comida. Comer dejó de ser algo natural y comenzó a experimentar miedo, ansiedad y culpa frente a los alimentos. “Lloras delante de un plato de comida”, expresa, describiendo el sufrimiento emocional que atravesaba diariamente.
Además del desgaste físico, Miguel asegura que su salud mental se vio gravemente afectada. Los pensamientos obsesivos sobre su cuerpo y el miedo constante a “no ser suficiente” comenzaron a controlar gran parte de su vida, afectando también sus relaciones personales y su bienestar emocional. Especialistas advierten que la presión social, los estándares de belleza irreales y la constante exposición a contenidos relacionados con el físico en redes sociales pueden influir negativamente en adolescentes y jóvenes, aumentando el riesgo de desarrollar trastornos alimentarios o problemas de autoestima.
El testimonio de Miguel busca generar conciencia sobre la importancia de cuidar la salud mental y emocional, así como reconocer que detrás de muchos cambios físicos extremos pueden existir problemas psicológicos que requieren atención profesional y acompañamiento familiar.
Expertos destacan que pedir ayuda a tiempo, hablar sobre las emociones y contar con apoyo psicológico son pasos fundamentales para enfrentar este tipo de trastornos y recuperar una relación saludable con el cuerpo, la alimentación y la autoestima.
