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Creando estilos de vida sanos

“No quería terminar… solo quería dejar de sentirme tan cansada”

Freepik (2026).

“Si alguien me preguntaba si tenía problemas de pareja, yo decía que no. No había infidelidades, no había grandes discusiones. Pero por dentro me sentía agotada”.

Así describe Laura (nombre cambiado) lo que vivió durante meses en su relación. Cuenta que al principio pensó que era una etapa pasajera, estrés del trabajo o simplemente rutina. Sin embargo, con el tiempo empezó a notar cambios en ella misma.

“Me sentía en automático. Ya no me emocionaban los planes juntos. Me irritaba por cosas pequeñas y después me sentía culpable. Pensaba: ‘¿Qué me pasa? Él no ha hecho nada malo’”.

Laura explica que muchas veces asumía el papel de mediadora emocional en la relación. Era quien iniciaba conversaciones difíciles, quien calmaba tensiones y quien buscaba mantener la armonía. “Lo hacía porque quería que estuviéramos bien, pero nunca me pregunté cuánto me estaba costando a mí”.

La culpa fue uno de los sentimientos más difíciles de manejar. “Me repetía que no tenía derecho a sentirme así. Que si estaba cansada, el problema era mío. Pero el cansancio no se iba”.

Fue hasta que decidió hablarlo y buscar apoyo profesional cuando entendió que no se trataba de falta de amor, sino de una sobrecarga emocional sostenida en el tiempo. “No quería terminar. Solo quería que la relación dejara de sentirse como una responsabilidad constante”.

Hoy asegura que aprender a poner límites, expresar necesidades y redistribuir la carga emocional cambió la dinámica del vínculo. “Entendí que el amor no debería sentirse como un esfuerzo permanente. Si te sientes agotada todo el tiempo, algo necesita ajustarse, no necesariamente romperse”.

Luara refleja una realidad cada vez más frecuente: relaciones que no están en crisis visible, pero sí emocionalmente sobrecargadas. Un cansancio silencioso que, cuando se escucha a tiempo, puede convertirse en una oportunidad de transformación en lugar de una ruptura inevitable.