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Creando estilos de vida sanos

“Empecé por convivir y terminé perdiéndome a mí mismo”

“Tenía 14 años cuando probé alcohol por primera vez. No fue por curiosidad, fue por encajar. En mi grupo de amigos parecía normal beber los fines de semana, y si no lo hacías, eras el raro. Nadie hablaba de riesgos, solo de diversión.

Con el tiempo, el alcohol dejó de ser algo ocasional. En la preparatoria ya bebía cada semana y, cuando entré a la universidad, se volvió parte de mi rutina. Tomaba para relajarme después de los exámenes, para olvidar el estrés y también para sentirme aceptado. Sin darme cuenta, empecé a depender de eso para socializar y sentirme ‘bien’.

Mis calificaciones bajaron, faltaba a clases y mi estado de ánimo cambió. Me sentía ansioso, irritable y, muchas veces, vacío. En casa discutía constantemente y me alejé de personas que se preocupaban por mí. Aun así, pensaba que no tenía un problema, porque ‘todos tomaban igual’.

El punto de quiebre llegó cuando tuve un accidente menor después de una noche de exceso. No fue grave, pero me asustó. Por primera vez acepté que había perdido el control. Busqué apoyo psicológico en la universidad y después en un centro de atención especializado. Ahí entendí que el alcohol no era la causa, sino la forma en la que intentaba huir de mis problemas.

Hoy sigo en proceso. No ha sido fácil, pero aprendí que pedir ayuda no es debilidad. Si algo quisiera decirle a otros jóvenes es que el consumo excesivo no es normal ni inofensivo, aunque así lo parezca. Hablar a tiempo puede cambiarte la vida, como me la cambió a mí.”