Empezar el año sin presión: un testimonio de conciencia y autocuidado
Siempre pensé que iniciar un año nuevo significaba empezar de cero, cambiarlo todo y convertirme en una mejor versión de mí mismo de la noche a la mañana. Enero llegaba con listas interminables, expectativas altas y una presión silenciosa por “hacerlo mejor”. Sin embargo, con el tiempo entendí que la salud mental no se fortalece desde la exigencia, sino desde la paciencia, la autoobservación y metas que realmente sean congruentes con quién soy.
El inicio del año, aunque está lleno de rituales y celebraciones, también me confrontó con emociones que no siempre se dicen en voz alta: miedo a fracasar, comparación constante con otros y un cansancio emocional que venía arrastrando desde meses atrás. Me di cuenta de que no sentir entusiasmo no me hacía débil, solo humano. Nadie cambia mágicamente por una fecha en el calendario, y creerlo solo me generaba culpa y frustración.
Aprendí que no se puede empezar “desde cero”. Enero no borra lo vivido: los duelos, el estrés prolongado y los conflictos no resueltos siguen ahí. En lugar de ignorarlos, comencé a reconocer lo que aún dolía. Entendí que cerrar ciclos no significa olvidar, sino aceptar con honestidad lo que fue y lo que todavía pesa.
También cambié mi forma de ver los propósitos. Antes me imponía metas altas y poco claras, basadas en lo que “debería” hacer. Eso solo aumentaba la presión. Hoy prefiero objetivos realistas y amables, enfocados en el día a día. Descubrí que la estabilidad emocional no se construye con grandes cambios, sino con hábitos pequeños: dormir mejor, retomar rutinas con suavidad después de las fiestas, dar espacio a mis emociones y permitirme pausas conscientes.
Uno de los aprendizajes más importantes fue practicar la autocompasión. Solté la dureza interna y empecé a hablarme con más amabilidad. Acepté que equivocarse es parte del proceso, que los avances pequeños también cuentan y que compararme con la vida de otros solo me alejaba de mi propio camino.
Hoy entiendo que el verdadero cambio no está en la agenda, sino en el sentido. Preguntarme qué necesito para sentirme mejor, qué quiero soltar, qué relaciones deseo cuidar y qué límites debo poner ha sido más transformador que cualquier lista de propósitos. Y cuando el inicio del año se siente pesado, pedir apoyo —hablar con un profesional, con un amigo o con alguien de confianza— dejó de ser un signo de debilidad para convertirse en un acto genuino de autocuidado.
Este año no decidí ser otra persona. Decidí ser más consciente, más paciente y más cuidadoso conmigo mismo. Y eso, para mí, ya es un gran comienzo.
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