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Te hablamos de las adicciones
  • La adicción a las redes se dispara con la pandemia

24 de junio del 2021

Crédito: freepik royalty free 2020

El problema llegó con una de las genialidades de estas redes: la creación del botón de me gusta en Facebook (que después se extendió a las demás redes), un clic que conecta directamente con el sistema de gratificación de nuestro cerebro. Igual que cualquier sustancia adictiva. «El feedback positivo genera que en nuestro cerebro se liberen endorfinas -esas sustancias químicas encargadas de producir nuestro bienestar-, por lo cual, asociamos el refuerzo positivo con las sensaciones agradables que sentimos al recibir ese estímulo, que a su vez, se vuelve adictivo», añade Medialdea. Lo primero que aparece, entonces, es un profundo desencanto. Esto es algo que también tienen en común los dos perfiles de usuarios que abren este artículo.

De  hecho ya hay estudios que relacionan el uso frecuente de las redes sociales durante la pandemia y una mayor prevalencia de problemas de salud mental. Según el Instituto Superior de Estudios Psicológicos una adicción tecnológica (también llamada «adicción sin droga») golpea especialmente a los adolescentes, que cuando el abusan de las redes sociales experimentan síndrome de abstinencia, malestar emocional, disforia, insomnio, irritabilidad e inquietud. Esto no es exclusivo de los más jóvenes: en adultos también provoca alejamiento de la vida real, induce ansiedad, afecta a la autoestima y hace perder capacidad de autocontrol, como explica este artículo de EL PAÍS.

Instagram y Twitter, mina para insatisfechos e inseguros

El gancho es directo: «Las redes sociales pueden ser adictivas porque contienen varios elementos que nos atraen muchísimo: lo primero, acceso a información personal de otras personas a las que conocemos, admiramos o de las que nos han hablado. Somos curiosos por naturaleza y eso nos despierta la curiosidad. También proporciona acceso a información que necesitamos, contacto inmediato con otras personas y un entretenimiento que cambia constantemente», opina Silvia Congost, psicóloga experta en dependencia emocional y autoestima, que además da sus consejos desde su perfil en Instagram, donde aglutina a 126.000 seguidores.

Precisamente hace  unos días Instagram cumplía una década, convertida en una red social capaz de influir y moldear el comportamiento de sus usuarios, como explica el documental. Medialdea ha trazado un perfil de quiénes son las personas más proclives a engancharse: «Entre los 16 y los 38 años. El colectivo de más riesgo suelen ser los adolescentes, por esa necesidad de búsqueda de la novedad y de sentirse reconocidos y parte del grupo, propia de la edad. Se enganchan gracias a la gratificación inmediata, al estímulo positivo y refuerzo inminente. Son perfiles que tienen cierta vulnerabilidad psicológica como, por ejemplo, la búsqueda de emociones fuertes, la impulsividad, la intolerancia a la frustración…, o incluso personas que ya presentan un problema clínico previo como puede ser la baja autoestima, rechazo de su propia persona, excesiva timidez, necesidad de aprobación… En estos casos, además, el enganche a las redes sociales puede suponer una vía de escape para no afrontar los cambios que necesitan hacer en su vida para poder abordar estos problemas», explica esta psicóloga.

Twitter, por su parte, no se basa tanto en enseñar el lado perfectamente editado de la vida sino en expresar la opinión propia al mundo. Uno puede lanzar cualquier idea: si recibe acogida te convierte en una estrella por un momento, haciéndonos sentir importantes (o permitiéndonos discutir, si es lo que nos apetece); si nadie la comenta, tampoco importa, cae a un ciberuniverso infinito del que nos seguimos sintiendo parte. El scroll puede ser eterno. «Al ser una red social donde los contenidos suelen ser cortos, se genera una sensación de seguir buscando satisfacer la necesidad de obtener otras respuestas u otras noticias que nos puedan gustar más o satisfacer más. Genera una urgencia de seguir informándose. El perfil más habitual suelen ser personas entre 18 y 44 años«, resume Medialdea.

¿Cómo detectar que hemos perdido el control? Lo primero suele ser experimentar miedo a la desconexión. «Las personas que lo sufren realmente tienen miedo a perderse algo importante a través de las redes sociales, a sentirse excluidos, y eso les lleva a sentir la necesidad de permanecer conectados. La desconexión les genera mucha angustia y suelen estar constantemente comparándose con los demás», explica Medialdea. El siguiente paso: la frustración.