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Creando estilos de vida sanos

SofĂ­a, una adolescente en terapia por las redes sociales

Sociedad. Sin darse cuenta se convirtió en una adicta. Aunque su consumo no se mida en gramos o copas, sino en datos, le ha llevado al aislamiento absoluto, el abandono escolar y la incapacidad de poner orden en su vida. Tiene solo 15 años y está en terapia para retomar el rumbo, un problema que ha destapado otras vivencias anteriores de las que se ha refugiado a través de la pantalla.

Dejó de relacionarse e incluso comenzó a comer sola en su habitación. Faltaba al colegio porque se quedaba despierta toda la noche conectada al móvil y su carácter se volvió irascible e incluso agresivo con todo aquel que intentara entrar en su mundo.

La familia de Sofía reconoce que desde hace dos años, la adolescente de 15 años es otra. Nunca había sido una niña muy sociable pero el aislamiento ha sido extremo. Días enteros sin salir de su habitación, sin apenas ir al colegio y un carácter difícil que han tratado corregir internándola, una decisión fallida hasta dar con el problema: la adicción a las nuevas tecnologías.

Twitter, Instagram o Habbo, un videojuego en el que se puede interactuar, han sido las tres plataformas que han copado durante mucho tiempo los días de esta joven. «No tenía confianza con ninguno pero hablaba para entretenerme», explica esta joven malagueña, en terapia desde febrero en el centro MonteAlminara.

«Ellos -la familia- han dicho dos años pero hace mucho más tiempo que he cambiado y no se han dado cuenta», explica Sofía, el nombre ficticio con el que esta menor ha decidido contar su testimonio.

Acaba de empezar el instituto en un centro educativo concertado, tras repetir curso, y por primera vez en mucho tiempo asiste con regularidad y no está ausente en clase.

«Me quedaba toda la noche despierta conectada hasta las 9 o las 10 de la mañana y decía que me encontraba mal para no ir a clase», recuerda la joven. La situación se desmadró hasta tal punto que los padres decidieron internarla el curso pasado. Sin embargo, la menor optó por quedarse en su habitación del centro encerrada. No hablaba con nadie, no hacía nada en el día. La disciplina era nula y los veranos eran la selva para esta menor. «Tenía periodos de sueño muy irregulares. Me levantaba a las cinco de la tarde y me daban hasta las diez de la mañana despierta», recuerda.

Tras visitar a un especialista con el que no tuvo feeling, la familia de Sofía dio con MonteAlminara por internet y concertaron una cita con uno de sus psicólogos. Quitarle el móvil y sacar a la joven de la residencia fueron algunos de los primeros pasos para trabajar con la menor.

Las sesiones semanales han dado -y dan- para mucho. La adicción a los dispositivos móviles se incrementó hace dos años, momento en el que Sofía y una amiga comenzaron a sufrir bullying. Lo que hay al otro lado del móvil y las tabletas se convirtió en su refugio. Una situación que la familia desconocía y ha sabido a raíz de su terapia.

Ha retomado alguna amistad de hace años y ha vuelto a pintar, un hobbie para el cual tiene cierta sensibilidad y que abandonó por completo, a pesar de ganar algún premio. En estos días se va a apuntar a una escuela de dibujo. El día parece más largo sin ningún dispositivo móvil al alcance de manera constante y ahora aprende a llenarlo con hábitos saludables. «Empiezo a ser consciente de todo», explica la joven.

El psicólogo que ve a Sofía y director del Área de Prevención de Nuevas Adicciones de MonteAlminara, Antonio Soto, asegura que a pesar de existir una alarma social con todo lo relacionado con los dispositivos móviles e internet, «no es una demanda muy consciente ya que no terminan de entender cuál es el problema. Identifican que es un problema grave por todo lo relacionado con la agresividad, la escuela...».

Las familias que acuden a MonteAlminara o cualquier centro especializado suelen hacerlo cuando los síntomas son muy acentuados. «Algunos vienen cuando el menor ya ha llegado a agredirles», comenta. Otros, por suerte, lo hacen en una fase menos avanzada y con algunas pautas y orientación se reconduce al menor. Sin embargo, esto no es aún lo habitual.

En el caso de que el menor requiera de terapia, lo primero es analizar el caso. En ocasiones se radica el uso de toda tecnología pero en otros no es necesario. También se valora un posible ingreso.

«Trabajamos con la familia ya que cuando hay problemas de adicciones que no son drogas o sustancias siempre hay catalizadores de otros problemas. Un problema previo que le hace sentir mal y de ahí pasa a refugiarse», resume el terapeuta.

Afrontar los problemas, trabajar los conflictos internos o la comunicación con el exterior, son algunos de los aspectos que se abordan durante la terapia en aquellas personas que llegan a consulta como Sofía. Y es que, la tecnología forma parte de nuestro día a día. El adolescente tendrá en un futuro que entregar un trabajo para la facultad, un empleo en el que pueda estar sentado delante de un ordenador... «La diferencia entre la adicción a sustancias o al trabajo, las tecnologías, las compras o el sexo es que tendrán que convivir con esas actividades. Tienen que aprender a usar el móvil de manera sana», sentencia.

Dejó de relacionarse e incluso comenzó a comer sola en su habitación. Faltaba al colegio porque se quedaba despierta toda la noche conectada al móvil y su carácter se volvió irascible e incluso agresivo con todo aquel que intentara entrar en su mundo.

 

 

La familia de Sofía reconoce que desde hace dos años, la adolescente de 15 años es otra. Nunca había sido una niña muy sociable pero el aislamiento ha sido extremo. Días enteros sin salir de su habitación, sin apenas ir al colegio y un carácter difícil que han tratado corregir internándola, una decisión fallida hasta dar con el problema: la adicción a las nuevas tecnologías.

 
 

Twitter, Instagram o Habbo, un videojuego en el que se puede interactuar, han sido las tres plataformas que han copado durante mucho tiempo los días de esta joven. «No tenía confianza con ninguno pero hablaba para entretenerme», explica esta joven malagueña, en terapia desde febrero en el centro MonteAlminara.

«Ellos -la familia- han dicho dos años pero hace mucho más tiempo que he cambiado y no se han dado cuenta», explica Sofía, el nombre ficticio con el que esta menor ha decidido contar su testimonio.

Acaba de empezar el instituto en un centro educativo concertado, tras repetir curso, y por primera vez en mucho tiempo asiste con regularidad y no está ausente en clase.

«Me quedaba toda la noche despierta conectada hasta las 9 o las 10 de la mañana y decía que me encontraba mal para no ir a clase», recuerda la joven. La situación se desmadró hasta tal punto que los padres decidieron internarla el curso pasado. Sin embargo, la menor optó por quedarse en su habitación del centro encerrada. No hablaba con nadie, no hacía nada en el día. La disciplina era nula y los veranos eran la selva para esta menor. «Tenía periodos de sueño muy irregulares. Me levantaba a las cinco de la tarde y me daban hasta las diez de la mañana despierta», recuerda.

Tras visitar a un especialista con el que no tuvo feeling, la familia de Sofía dio con MonteAlminara por internet y concertaron una cita con uno de sus psicólogos. Quitarle el móvil y sacar a la joven de la residencia fueron algunos de los primeros pasos para trabajar con la menor.

Las sesiones semanales han dado -y dan- para mucho. La adicción a los dispositivos móviles se incrementó hace dos años, momento en el que Sofía y una amiga comenzaron a sufrir bullying. Lo que hay al otro lado del móvil y las tabletas se convirtió en su refugio. Una situación que la familia desconocía y ha sabido a raíz de su terapia.

Ha retomado alguna amistad de hace años y ha vuelto a pintar, un hobbie para el cual tiene cierta sensibilidad y que abandonó por completo, a pesar de ganar algún premio. En estos días se va a apuntar a una escuela de dibujo. El día parece más largo sin ningún dispositivo móvil al alcance de manera constante y ahora aprende a llenarlo con hábitos saludables. «Empiezo a ser consciente de todo», explica la joven.

 
 

El psicólogo que ve a Sofía y director del Área de Prevención de Nuevas Adicciones de MonteAlminara, Antonio Soto, asegura que a pesar de existir una alarma social con todo lo relacionado con los dispositivos móviles e internet, «no es una demanda muy consciente ya que no terminan de entender cuál es el problema. Identifican que es un problema grave por todo lo relacionado con la agresividad, la escuela...».

Las familias que acuden a MonteAlminara o cualquier centro especializado suelen hacerlo cuando los síntomas son muy acentuados. «Algunos vienen cuando el menor ya ha llegado a agredirles», comenta. Otros, por suerte, lo hacen en una fase menos avanzada y con algunas pautas y orientación se reconduce al menor. Sin embargo, esto no es aún lo habitual.

En el caso de que el menor requiera de terapia, lo primero es analizar el caso. En ocasiones se radica el uso de toda tecnología pero en otros no es necesario. También se valora un posible ingreso.

«Trabajamos con la familia ya que cuando hay problemas de adicciones que no son drogas o sustancias siempre hay catalizadores de otros problemas. Un problema previo que le hace sentir mal y de ahí pasa a refugiarse», resume el terapeuta.

Afrontar los problemas, trabajar los conflictos internos o la comunicación con el exterior, son algunos de los aspectos que se abordan durante la terapia en aquellas personas que llegan a consulta como Sofía. Y es que, la tecnología forma parte de nuestro día a día. El adolescente tendrá en un futuro que entregar un trabajo para la facultad, un empleo en el que pueda estar sentado delante de un ordenador... «La diferencia entre la adicción a sustancias o al trabajo, las tecnologías, las compras o el sexo es que tendrán que convivir con esas actividades. Tienen que aprender a usar el móvil de manera sana», sentencia.

 
Dejó de relacionarse e incluso comenzó a comer sola en su habitación. Faltaba al colegio porque se quedaba despierta toda la noche conectada al móvil y su carácter se volvió irascible e incluso agresivo con todo aquel que intentara entrar en su mundo.
 

 

La familia de Sofía reconoce que desde hace dos años, la adolescente de 15 años es otra. Nunca había sido una niña muy sociable pero el aislamiento ha sido extremo. Días enteros sin salir de su habitación, sin apenas ir al colegio y un carácter difícil que han tratado corregir internándola, una decisión fallida hasta dar con el problema: la adicción a las nuevas tecnologías.

 
 

Twitter, Instagram o Habbo, un videojuego en el que se puede interactuar, han sido las tres plataformas que han copado durante mucho tiempo los días de esta joven. «No tenía confianza con ninguno pero hablaba para entretenerme», explica esta joven malagueña, en terapia desde febrero en el centro MonteAlminara.

«Ellos -la familia- han dicho dos años pero hace mucho más tiempo que he cambiado y no se han dado cuenta», explica Sofía, el nombre ficticio con el que esta menor ha decidido contar su testimonio.

Acaba de empezar el instituto en un centro educativo concertado, tras repetir curso, y por primera vez en mucho tiempo asiste con regularidad y no está ausente en clase.

«Me quedaba toda la noche despierta conectada hasta las 9 o las 10 de la mañana y decía que me encontraba mal para no ir a clase», recuerda la joven. La situación se desmadró hasta tal punto que los padres decidieron internarla el curso pasado. Sin embargo, la menor optó por quedarse en su habitación del centro encerrada. No hablaba con nadie, no hacía nada en el día. La disciplina era nula y los veranos eran la selva para esta menor. «Tenía periodos de sueño muy irregulares. Me levantaba a las cinco de la tarde y me daban hasta las diez de la mañana despierta», recuerda.

Tras visitar a un especialista con el que no tuvo feeling, la familia de Sofía dio con MonteAlminara por internet y concertaron una cita con uno de sus psicólogos. Quitarle el móvil y sacar a la joven de la residencia fueron algunos de los primeros pasos para trabajar con la menor.

Las sesiones semanales han dado -y dan- para mucho. La adicción a los dispositivos móviles se incrementó hace dos años, momento en el que Sofía y una amiga comenzaron a sufrir bullying. Lo que hay al otro lado del móvil y las tabletas se convirtió en su refugio. Una situación que la familia desconocía y ha sabido a raíz de su terapia.

Ha retomado alguna amistad de hace años y ha vuelto a pintar, un hobbie para el cual tiene cierta sensibilidad y que abandonó por completo, a pesar de ganar algún premio. En estos días se va a apuntar a una escuela de dibujo. El día parece más largo sin ningún dispositivo móvil al alcance de manera constante y ahora aprende a llenarlo con hábitos saludables. «Empiezo a ser consciente de todo», explica la joven.

 
 

El psicólogo que ve a Sofía y director del Área de Prevención de Nuevas Adicciones de MonteAlminara, Antonio Soto, asegura que a pesar de existir una alarma social con todo lo relacionado con los dispositivos móviles e internet, «no es una demanda muy consciente ya que no terminan de entender cuál es el problema. Identifican que es un problema grave por todo lo relacionado con la agresividad, la escuela...».

Las familias que acuden a MonteAlminara o cualquier centro especializado suelen hacerlo cuando los síntomas son muy acentuados. «Algunos vienen cuando el menor ya ha llegado a agredirles», comenta. Otros, por suerte, lo hacen en una fase menos avanzada y con algunas pautas y orientación se reconduce al menor. Sin embargo, esto no es aún lo habitual.

En el caso de que el menor requiera de terapia, lo primero es analizar el caso. En ocasiones se radica el uso de toda tecnología pero en otros no es necesario. También se valora un posible ingreso.

«Trabajamos con la familia ya que cuando hay problemas de adicciones que no son drogas o sustancias siempre hay catalizadores de otros problemas. Un problema previo que le hace sentir mal y de ahí pasa a refugiarse», resume el terapeuta.

Afrontar los problemas, trabajar los conflictos internos o la comunicación con el exterior, son algunos de los aspectos que se abordan durante la terapia en aquellas personas que llegan a consulta como Sofía. Y es que, la tecnología forma parte de nuestro día a día. El adolescente tendrá en un futuro que entregar un trabajo para la facultad, un empleo en el que pueda estar sentado delante de un ordenador... «La diferencia entre la adicción a sustancias o al trabajo, las tecnologías, las compras o el sexo es que tendrán que convivir con esas actividades. Tienen que aprender a usar el móvil de manera sana», sentencia.

 
 
 
 
Dejó de relacionarse e incluso comenzó a comer sola en su habitación. Faltaba al colegio porque se quedaba despierta toda la noche conectada al móvil y su carácter se volvió irascible e incluso agresivo con todo aquel que intentara entrar en su mundo.
 

 

La familia de Sofía reconoce que desde hace dos años, la adolescente de 15 años es otra. Nunca había sido una niña muy sociable pero el aislamiento ha sido extremo. Días enteros sin salir de su habitación, sin apenas ir al colegio y un carácter difícil que han tratado corregir internándola, una decisión fallida hasta dar con el problema: la adicción a las nuevas tecnologías.

 
 

Twitter, Instagram o Habbo, un videojuego en el que se puede interactuar, han sido las tres plataformas que han copado durante mucho tiempo los días de esta joven. «No tenía confianza con ninguno pero hablaba para entretenerme», explica esta joven malagueña, en terapia desde febrero en el centro MonteAlminara.

«Ellos -la familia- han dicho dos años pero hace mucho más tiempo que he cambiado y no se han dado cuenta», explica Sofía, el nombre ficticio con el que esta menor ha decidido contar su testimonio.

Acaba de empezar el instituto en un centro educativo concertado, tras repetir curso, y por primera vez en mucho tiempo asiste con regularidad y no está ausente en clase.

«Me quedaba toda la noche despierta conectada hasta las 9 o las 10 de la mañana y decía que me encontraba mal para no ir a clase», recuerda la joven. La situación se desmadró hasta tal punto que los padres decidieron internarla el curso pasado. Sin embargo, la menor optó por quedarse en su habitación del centro encerrada. No hablaba con nadie, no hacía nada en el día. La disciplina era nula y los veranos eran la selva para esta menor. «Tenía periodos de sueño muy irregulares. Me levantaba a las cinco de la tarde y me daban hasta las diez de la mañana despierta», recuerda.

Tras visitar a un especialista con el que no tuvo feeling, la familia de Sofía dio con MonteAlminara por internet y concertaron una cita con uno de sus psicólogos. Quitarle el móvil y sacar a la joven de la residencia fueron algunos de los primeros pasos para trabajar con la menor.

Las sesiones semanales han dado -y dan- para mucho. La adicción a los dispositivos móviles se incrementó hace dos años, momento en el que Sofía y una amiga comenzaron a sufrir bullying. Lo que hay al otro lado del móvil y las tabletas se convirtió en su refugio. Una situación que la familia desconocía y ha sabido a raíz de su terapia.

Ha retomado alguna amistad de hace años y ha vuelto a pintar, un hobbie para el cual tiene cierta sensibilidad y que abandonó por completo, a pesar de ganar algún premio. En estos días se va a apuntar a una escuela de dibujo. El día parece más largo sin ningún dispositivo móvil al alcance de manera constante y ahora aprende a llenarlo con hábitos saludables. «Empiezo a ser consciente de todo», explica la joven.

 
 

El psicólogo que ve a Sofía y director del Área de Prevención de Nuevas Adicciones de MonteAlminara, Antonio Soto, asegura que a pesar de existir una alarma social con todo lo relacionado con los dispositivos móviles e internet, «no es una demanda muy consciente ya que no terminan de entender cuál es el problema. Identifican que es un problema grave por todo lo relacionado con la agresividad, la escuela...».

Las familias que acuden a MonteAlminara o cualquier centro especializado suelen hacerlo cuando los síntomas son muy acentuados. «Algunos vienen cuando el menor ya ha llegado a agredirles», comenta. Otros, por suerte, lo hacen en una fase menos avanzada y con algunas pautas y orientación se reconduce al menor. Sin embargo, esto no es aún lo habitual.

En el caso de que el menor requiera de terapia, lo primero es analizar el caso. En ocasiones se radica el uso de toda tecnología pero en otros no es necesario. También se valora un posible ingreso.

«Trabajamos con la familia ya que cuando hay problemas de adicciones que no son drogas o sustancias siempre hay catalizadores de otros problemas. Un problema previo que le hace sentir mal y de ahí pasa a refugiarse», resume el terapeuta.

Afrontar los problemas, trabajar los conflictos internos o la comunicación con el exterior, son algunos de los aspectos que se abordan durante la terapia en aquellas personas que llegan a consulta como Sofía. Y es que, la tecnología forma parte de nuestro día a día. El adolescente tendrá en un futuro que entregar un trabajo para la facultad, un empleo en el que pueda estar sentado delante de un ordenador... «La diferencia entre la adicción a sustancias o al trabajo, las tecnologías, las compras o el sexo es que tendrán que convivir con esas actividades. Tienen que aprender a usar el móvil de manera sana», sentencia.