Creando estilos de vida sanos

Testimonio de un ex adicto a los videojuegos: "Era mi vía de escape"

El mundo real era para J. C. R. un ovillo enmarañado, un laberinto sin salida que requería de soluciones que no aparecían en ningún libro. En su computadora, en cambio –y en la intimidad de su habitación–, todo era más fácil. Con una serie de pasos claros conseguía objetivos. Destapaba corrupciones, eliminaba enemigos malvados y hasta podía salvar al mundo.

Allá afuera, la vida estaba llena de situaciones que no podía controlar. Mujeres que lo abrazaban y lo hacían sentir incómodo. Padres que exigían nueves y diez. Un futuro incierto. Pero adentro, metido en su juego de roles, se convertía en la persona que siempre había añorado ser: el que cura, el que ayuda, el que dice las cosas de frente, sin temor al qué dirán.
Durante cinco años durmió tres horas diarias, excepto los domingos, cuando descansaba. Fingió estudiar una carrera universitaria y evitó las fiestas, así como eventos sociales.

Un día, con las defensas bajas y un listado de heridas sin sanar, terminó en una terapia grupal de un tratamiento psiquiátrico. Recibió un diagnóstico: “Trastorno del límite de la personalidad”, algo así como quien no puede controlar sus emociones. Y descubrió que su adicción a los videojuegos se remontaba a los orígenes de su existencia.
 

Hijo de madre contadora y padre taxista, J. C. R. nació en abril de 1989. Dio sus primeros pasos en los videojuegos compartiendo el Family con sus amigos del barrio: Mario Bros, carreras de autos, luchas libres. A los 7, con su primera computadora, arrancó con los juegos en equipo. Cuando pasó al secundario, encontró su segundo hogar: un cyber a pocas cuadras de su casa.

“Iba todos los días. Ahí conocí a mis mejores amigos –cuenta el joven de 29 años, quien mantiene reserva sobre su identidad–. A veces, mis compañeros de curso me arrastraban a fiestas. Pero yo prefería quedarme con los chicos en el cyber”.

Después de repetir quinto año, terminó el secundario a los 18 en un colegio privado. Como le quedaron dos materias previas, no pudo inscribirse en una carrera universitaria. Trabajó en un estudio jurídico y, a partir de las 7 de la tarde, ya no tenía nada que hacer.

El tiempo libre, esa daga de doble filo, jugó en su contra. Se compró su primera compu gamer y entró al World of Warcraft, un juego de progresión que consistía en vencer obstáculos en distintas expansiones (o escenarios). Se identificaba como “Jaeger” –conservaba sus rasgos: morocho y piel morena– y formaba parte de un equipo de 25 integrantes del mundo, comandado por un líder estadounidense.
 

De lunes a viernes, dormía tres horas: se levantaba a las 6 y trabajaba hasta las 19. Se conectaba de 20 a 3 de la mañana. Los sábados jugaba hasta las 5 y los domingos descansaba. Su adicción detonó cuando, un año más tarde, se anotó en Derecho a distancia en una universidad privada.

“Mis padres me sugirieron que estudiara Abogacía, pero yo quería ser ingeniero en Sistemas. No supe decir que no. Tomaba como orden cualquier opinión de ellos. Mi ansiedad era constante. No sabía qué iba a ser de mi futuro, qué iba a pasar conmigo después de todo esto”.