Creando estilos de vida sanos

BegoƱa, mujer en rehabilitaciĆ³n

Probé por primera vez el alcohol a los 14 años. Empecé bebiendo de manera esporádica, como si no fuese un problema y luego ya me fui yendo a pique, cada vez necesitaba más y más. Así que al final estaba todo el día con la botella en la mano. Junto al alcohol vinieron de la mano otras drogas como la cocaína. 

(Mientras hablamos, me confiesa que está muy nerviosa y que le duele bastante recordar esa parte de su vida).

Yo era una persona ingobernable. Estaba muy zumbada, pero por culpa del consumo. El consumo me tenía totalmente acelerada y superatada, como si fuese una marioneta. Vivía por y para el alcohol. Por y para sus caprichos. Cosa que se le antojaba, cosa que tenía que hacer yo obligada. 

“Era como estar en una cárcel agarrada a los barrotes gritando”

Es como si estuviese dentro de una cárcel agarrada a los barrotes gritando, viéndome a mí desde fuera sin poder pararlo. Llega un momento en el que tanto las drogas como el alcohol llegan a manejar tanto tu cerebro que es que no puedes hacer nada. 

Empecé a consumir en soledad con un vacío tremendo, con muchas ganas de morirme. En un infierno del que no veía escapatoria. Y cada vez que no veía salida y veía que todo era una basura monumental, que mi vida era una mierda básicamente, tenía ganas de quitarme la vida porque estaba sufriendo y no sabía gestionar las cosas de otra manera que no fuese bebiendo. 

El alcohol no solo me afectó a mí, también a mi entorno. Desde los 15 años me cerraban las puertas de casa, me dejaban en la calle. Yo no hacía nada más que meterme en broncas, peleas, ventas, robos… de todo. Me perjudicó hasta tal punto que me dejaron sola prácticamente. 

Pedí ayuda cuando acabé en el hospital. Vivía en una casa okupa con dinero de la prostitución y estuve consumiendo ahí muchísimo. Era tan grande la desolación, el vacío, la rabia que tenía de no poder salir de ahí, que me acuerdo que lloraba. Me ponía la música repetidas veces, todo el rato, con una paranoia en la cabeza increíble. 

Pero es que luego, según yo estaba consumiendo me estaba dando cuenta y decía: ‘¡Joder tía! ¿Tú de verdad quieres morir así, en serio? Porque es lo que estás consiguiendo, que te acabe dando una sobredosis’, porque es más, ya tenía el corazón que se me salía del pecho. No podía respirar y seguía fumando, seguía yendo al camello. 

Yo tendría que haber estado ingresada en un hospital, pero yo prefería seguir matándome. Me acuerdo que tenía como intentos suicidas. Estaba perdiendo el juicio. Es una muerte lenta y muy dolorosa porque te pones a pensar en todo y sigues consumiendo. 

“Me faltaba el canto de un duro para acabar conmigo”

Me acuerdo que me vestí, tenía la cara morada, los labios agrietados, llenos de sangre. Ese día me miré al espejo, estuve como diez minutos y pensé: ‘Mira Begoña si algún día entras en recuperación quiero que tengas esta imagen clavada pero para el resto de tus días’ y hoy en día sigo recordando a aquella niña triste, sola, hundida, sin autoestima. La sigo viendo y me da mucha pena, pero a la vez me da mucha fuerza.

No me preguntes por qué, pero… debe ser porque a lo mejor yo estaba tocando tan fondo que mi cuerpo lo sabía y dije ‘necesito salir de esto ya como sea’. Cogí, llamé a un centro y pedí que por favor que me ayudasen, que es que no podía parar y me faltaba el canto de un duro para acabar conmigo. Se me vino una lucecita a la cabeza y pedí ayuda. Me fui a un centro y ahí me quedé. 

Desde que llegué a Alcohólicos Anónimos mi vida ha cambiado un montón porque ahí he aprendido a confiar en la gente. Cuando otros compañeros comparten sus historias yo me identifico mucho. Me identifico con su dolor y con lo que les ha pasado. Yo me pensaba que a mí nadie me entendía, que estaba loca, que tenía un problema, que era una adicta o una viciosa y todas esas preguntas se me solucionaron yendo ahí. 

También he aprendido a quitarme culpabilidad y prejuicios. Empecé a trabajar un poco mi autoestima, que la tenía por los suelos tanto por la droga como por exparejas. Ahora estoy superbien. Estoy viendo las cosas de frente, sin drogas, sin alcohol, sin nada. A pelo. Y me cuesta, ¡me cuesta mucho! Pero prefiero esto a un día consumiendo, porque un día consumiendo se puede convertir en 40 días malos. Un día sin consumir, puedo tener tirones, pero lo puedo llegar a superar.