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  • El trastorno bipolar en los jóvenes: avances y retos

07 de julio del 2023

Leer estas noticias me transportó casi siete décadas atrás, a aquel día en que la policía estatal de Texas llamó a mi padre para informarle que habían encontrado a su hermano, mi tío favorito, deambulando en la carretera. Nunca supimos cómo llegó hasta ese lugar desde Nueva York. Al parecer, sufrió un brote psicótico y terminó en un hospital de salud mental del estado de Nueva York que, fuera de aplicar tratamientos con choques eléctricos, ofrecía pocas herramientas para ayudarlo a reincorporarse a la sociedad con efectividad.

No fue sino varias décadas después que le dieron el diagnóstico correcto: tenía depresión maníaca o, como se le denomina en la actualidad, trastorno bipolar. Caracterizada por cambios bruscos en el estado de ánimo, la “enfermedad maníaco-depresiva” fue reconocida oficialmente por la Asociación Americana de Psiquiatría en 1952. Por desgracia, pasaron muchos años antes de que existiera un tratamiento efectivo (el fármaco litio, que ayuda al cerebro a estabilizarse cuando sufre episodios agotadores de manía y depresión graves) para ayudar a mi brillante tío a reanudar su vida con cierta normalidad.

El trastorno bipolar suele diagnosticarse al final de la adolescencia o al inicio de la edad adulta, y afecta aproximadamente al cuatro por ciento de la población en algún momento de su vida. Sin embargo, en décadas recientes se ha observado un notorio incremento en el diagnóstico de esta enfermedad en niños y adolescentes, aunque algunos expertos están convencidos de que hay sobrediagnóstico de este trastorno e incluso sobretratamiento con fármacos psiquiátricos potentes.

Los síntomas observados en los niños en un principio pueden confundirse con otros padecimientos, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (o TDAH) o el trastorno oposicionista desafiante (o TOD), lo que puede causarles gran angustia a los jóvenes tanto en casa como en la escuela durante años. Como señaló en nuestra entrevista David Miklowitz, profesor de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de UCLA, todavía existe “un rezago de alrededor de diez años entre la aparición de los síntomas y la identificación del tratamiento adecuado”.

A partir de un análisis del historial de varios pacientes, Boris Birmaher, profesor de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburgh, concluyó: “En casos que corresponden hasta al 60 por ciento de los adultos con trastorno bipolar, los síntomas anímicos comenzaron a manifestarse antes de los 20 años de edad. Por desgracia, el trastorno bipolar pediátrico en general no se identifica, y muchos jóvenes que padecen esta enfermedad no reciben tratamiento o se les atiende por afecciones comórbidas en vez del trastorno bipolar”.

La detección temprana, que es más probable cuando hay antecedentes de trastorno bipolar en la familia, les da a algunos jóvenes afectados la opción de probar el tratamiento con terapia familiar y conductual y, si la respuesta es positiva, obviar el uso de medicamentos

En general, es preferible evitar tratamientos con fármacos en el caso de los niños. Terence A. Ketter, profesor retirado de Psiquiatría de la Universidad de Stanford, afirmó que un problema es que cuando “las autoridades se topan con un grupo de niños con mala conducta, lo primero que piensan es que deben darles antipsicóticos para lograr que se comporten bien, pero pueden convertirse en una especie de zombis si se les aplica tratamiento innecesario”. Concordó con Miklowitz en que, “en promedio, los niños necesitan alrededor de una década y consultas con tres médicos distintos para recibir el diagnóstico y el tratamiento adecuados”.

Otra dificultad para dar el diagnóstico y tratamiento adecuados es la inagotable energía y la impresionante productividad y creatividad que van ligadas a los episodios de manía. Es probable que un joven no reciba la atención médica que necesita hasta que la manía dé paso a una depresión grave o, como en el caso de mi tío, psicosis.

Cuando es necesario el uso de medicamentos, explicó, la dosis debe ser solo la suficiente para controlar los síntomas y no para sedar al paciente en exceso.